viernes, 31 de mayo de 2013

JACK VUELVE XXVI Y ¡RECORDATORIO DE CAMBIOS EN EL BLOG!

   BUENOS VIERNES

   ANTES DE ENTRAR CON LO NUESTRO, OS RECUERDO QUE A PARTIR DEL MES DE JULIO LA DIRECCIÓN WEB DE ESTE BLOG CAMBIARÁ (YA OS DIRÉ LA NUEVA CUANDO SE ACERQUE LA FECHA) PARA ADAPTARLA AL CONTENIDO DEL MISMO.
 
   SIN MÁS NOVEDADES, OS DEJO CON "JACK VUELVE". EL PELIGRO ACECHA A NUESTROS PERSONAJES ESTASEMANA. ¿QUIÉN DE ELLOS CAERÁ BAJO LAS GARRAS DE LA OSCURIDAD?

   HASTA PRONTO


Un viento helado había llegado sin avisar y Constance se acurrucó bajo su chal. Las calles se quedaron desiertas en pocos minutos, mientras la pareja caminaba hacía la casa de Constance. Durante el tiempo que habían permanecido en comisaría, la noche se había cerrado y los faroles iluminaban solo las zonas cercanas a ellos, dejando a oscuras el resto.

            —¿Dices que viste a Alfred en comisaría? —Constance castañeteaba los dientes al hablar. Percy se quitó la chaqueta y le cubrió los hombros, a pesar de que él se quedó congelado en menos de un minuto— No entiendo qué podía estar haciendo allí.

            —Lo más curioso es que él también se sorprendió al verme a mí. Y además no iba de paisano ¿sabes? Llevaba uniforme de policía. Discutía con un superior dentro del despacho, tú no te diste cuenta porque estabas “ocupada” con ese sargento —el retintín con el que enfatizó la palabra “ocupada” hizo que Constance enarcara las cejas.

            —¿Te molesta que hable con el sargento Pileggi? Es un policía encantador, tan amable… le juzgué mal cuando le vi en casa de Faith.

            —¿Le conoces? No lo sabía.

            —Decir que le conozco es mucho decir. Nos cruzamos en casa de Faith hace unos meses. Fue bastante antipático en aquella oportunidad, la verdad.

            —¿Y qué hacía un sargento de policía en casa de un noble como Sir Richard?

            —¿No te lo había contado? Fue antes de que empezásemos a intimar… Bueno, pues aquella vez se presentó allí para interrogar a Faith sobre las circunstancias que rodearon al asesinato que ella presenció.

            —No sabía que Faith hubiera presenciado un asesinato —Percy se quedó estupefacto ante la revelación.

            —Oh, sí —Constance lo relataba como si estuviera explicando su última visita a la costurera para que arreglase un vestido—. Ocurrió en el mismo callejón donde tú y yo… ahora que lo pienso, es una coincidencia realmente extraña que Alfred estuviera vestido de policía y apareciera de repente y… —las piezas iban encajando en la mente de Constance.

            Había un detalle que había quedado prendido en el aire. Percy no podía quitárselo de la mente.

            —¿Y a quién mataron?

            —Fue un asunto horrible. El asesino se ensañó con aquella muchacha. Y Faith llegó justo a tiempo para encontrarse con… con… con aquella escena. Por si fuera poco, conocía a la víctima. Era una doncella suya. Se llamaba Daisy.

            Percy se quedó blanco como el papel. A pesar de la escasa iluminación, Constance se dio cuenta de eso y de la expresión que atravesó el semblante de él.

            —Eso he dicho. ¿La conocías?

            Él comenzó a tartamudear.

            —¿Conocerla? No… bueno, es decir…

            Más piezas fueron a parar a su lugar. El nudo se iba deshaciendo por momentos.

            —¡Percy! No me irás a decir que tú… quiero decir, que hubieras tenido algo con… —no hizo falta una respuesta, la verdad estaba escrita sobre aquel rostro contrito— ¡Oh, Dios mío! ¡No puedo creerlo! ¡Tú, con una vulgar sirvienta!

            —Escucha Constance, no es lo que estás pensando…

            —¿Por quién me has tomado? ¿En qué pensabas cuando aceptaste en matrimonio? ¿Creías que me resignaría a ser tu concubina, a callar y soportar todas tus felonías? —Constance comenzó a gritar, al tiempo que las lágrimas rodaban por su mejillas— ¡Qué estúpida he sido!

            —No digas eso, Connie. No es cierto. Yo te quiero y no pensaba…

            —¿Me quieres, dices? No eres más que sucio patán. ¡No quiero volver a saber nada más de ti! Volveré a casa sola. ¡No necesito que me acompañes! ¡Vuelve con tus fulanas!

            Cuando ella se giró para irse, Percy le agarró una muñeca.

            —Escucha, cariño, no puedes ir sola, es peligroso a estas horas para una muchacha andar por la calle.

            Constance miraba la muñeca por la que la tenía asida.

            —¡Suéltame, Percy! ¡Ahora mismo!

            —Escucha, Connie, cariño…

            Una sonora bofetada no le dejó terminar la frase. La mejilla comenzó a arderle de inmediato. La soltó.

            —No vuelvas a llamarme cariño. Ni ninguna otra cosa. No quiero volver a verte en mi vida —y se alejó a paso vivo, furiosa.

            Constance no sabía que sus últimas palabras iban a cumplirse al pie de la letra. Mientras avanzaba con los ojos anegados en lágrimas, no reparó en la sombra que la seguía furtivamente.

viernes, 24 de mayo de 2013

JACK VUELVE XXV (¡ATENCIÓN! REFORMAS EN EL BLOG)

   BUENOS VIERNES
   ADEMÁS DEL SEMPITERNO TROCITO DE "JACK..." ESTA SEMANA TENGO QUE DECIR UN PAR DE COSAS.
   LA PRIMERA, MIRAD POR FAVOR LA CABECERA DEL BLOG. UN UN MES VOY A CAMBIAR LA DIRECCIÓN URL DEL MISMO, DE MANERA QUE HABRÁ QUE BUSCARLO CON OTRA DIRECCIÓN WEB. CUANDO SE ACERQUE LA FECHA YA OS DIRÉ CUAL ES LA NUEVA. ESTE AVISO AFECTA ESPECIALMENTE A LAS PERSONAS QUE NO ESTÁN EN MI LISTA DE CORREO Y A LAS QUE TIENEN EL BLOG PEGADO A FAVORITOS EN SU DISPOSITIVO, YA SEA EL ORDENADOR, LA TABLET O EL MÓVIL
   LA SEGUNDA, DEBAJO DE LA ENTRADA DE HOY TENÉIS LA RESEÑA DE LA QUE OS HABLÉ HACE UNAS SEMANAS. ES CORTA, ECHADLE UN VISTAZO.
   YA OS DEJO CON JACK, QUE ESTA SEMANA VUELVE A HACER DE LAS SUYAS.
   HASTA PRONTO.
 
Mientras Percy y Constance terminaban de prestar declaración en la comisaría, Faith descansaba en su alcoba. Esa noche se había retirado pronto a dormir, no se sentía bien. Su padre le había dirigido una mirada velada por una sombra de preocupación y la había preguntado si estaba enferma para llamar al doctor. «No, no, no hay nada de qué preocuparse», había respondido ella con presteza «cosas de mujeres». Sir Richard parecía haber encontrado razonable la explicación y, tras besar a su hija en la frente y darle las buenas noches, se dirigió a la sala de lectura para reposar un buen rato frente a la chimenea leyendo unos de esos libros de historia que tanto gustaba de leer. Desde que Faith era una niña siempre había sido así, noche tras noche. Su padre era un hombre de ideas fijas, pensaba mientras ascendía las escaleras que conducían a la parte de arriba, donde se hallaban los dormitorios.
            Solo que no eran males de mujeres los que afectaban a Faith aquella noche. Llevaba todo el día desazonada. No le dolía nada en concreto ni se sentía mareada. Su malestar no tenía ninguna raíz fisiológica. Era algo tan sencillo y a la vez tan complicado como que desde que se levantase por la mañana le había perseguido la sensación de que algo turbio y amenazador flotaba en el ambiente. «Todo está en tu mente», se había repetido una y otra vez «no ocurre nada malo «se trata solo de la llegada del otoño y de la apatía que produce en las personas. Pero la inquietud persistía hora tras hora y cuando había llegado la hora de cenar no había podido probar bocado, tenía los nervios pellizcándole en el estómago.
            Apenas si había colocado la cabeza sobre la almohada cuando se quedó dormida. No era tarde aún, las calles bullían de actividad y mientras ella se rebullía incómoda en su lecho sus amigos aún no habían dejado la comisaria. De hecho, mientras Percy se quedaba boquiabierto ante la presencia de Alfred vestido de uniforme, las cortinas del cuarto de Faith empezaron a agitarse con una suave brisa otoñal que se había levantado.
            “Despierta, querida”
            Entre sueños, la voz resonó potente y áspera en la cabeza de Faith. No quería despertarse. Su inconsciente, a sabiendas de lo que le esperaba, se aferraba a la protectora comodidad del sopor.
            “Aquí estoy de nuevo. He vuelto. ¿Me echabas de menos?”
            Esta vez una sonora carajada acompañó a las palabras. La desagradable risa quedó prendida en el aire, como si el viento que entraba por la ventana se negase a soportar tan pesada carga.
            Faith sintió un soplo helado en la nuca. Eso la obligó a abrir los ojos, de mala gana. Aún soñolienta, se preguntó qué era lo que la había sacado de su reparador sueño. Contempló unos instantes el movimiento ondulante de las cortinas, aguzando el oído, pendiente de cualquier sonido. Ya se había convencido de que todo había sido una simple pesadilla cuando algo se movió entre la sombras, en la parte más alejada de la habitación. Era él.
            El hombre se acercó unos pasos hacia la cama y hacia Faith. Ella ahogó un grito de terror. Su corazón se disparó en su pecho.
—¿Cómo has…? —pero la pregunta no llegó a salir de sus labios. La ventana abierta.
A la luz de la luna, el rostro del hombre lucía un aspecto fantasmagórico. La cicatriz que cruzaba su rostro le confería un aspecto siniestro y Faith supo que estaba acorralada. Si quería salir de esta, tenía que ser más rápida y más lista que su contrincante. Respiró hondo e intentó tranquilizarse.

miércoles, 22 de mayo de 2013

RESEÑA DE "THE JAMMERS"


Esta es una reseña dirigida a lectores como tú. Sí, tú.

Si buscas aventuras, te gusta la ciencia ficción, las historias de  superhéroes que luchan con súper villanos, y además de vez en cuando echas de menos aquellas canciones tu juventud, no hay duda, The Jammers te encantará.

Estamos ante una novela cuyos protagonistas, un grupo de músicos alternativos, sufren un accidente, quizás más intencionado que fortuito, y consiguen unos poderes de naturaleza electromagnética que tendrán que usar para luchar contra Desdémona, la malvada de la historia. Todo ello en un ambiente de ciencia ficción (tan bien descrito que uno puede respirarlo) con numerosas referencias musicales directamente extraídas de los años 80 y en el más puro estilo de los cómics Marvel.

Escrita con una prosa ligera que hace fácil y digerible su lectura. A través de los capítulos iremos descubriendo el oscuro y enigmático pasado de los protagonistas (los buenos y los malos) mientras nos deleitamos con un mundo futurista del que quizás no estemos tan lejos.

El autor, Magnus Dagon, es un artista polifacético que no solo destaca en el terreno de la literatura, con varios libros editados en su haber, son también en otros campos como la música y el vídeoclip, a través de un grupo de nombre Balamb Garden.

En el siguiente enlace podrá leer online los capítulos de esta apasionante y entretenida novela, pero si realmente te gusta compra el libro, la continuidad de los que crean (creamos) historias va unida a la proyección de sus obras entre el público. ¡No te arrepentirás de unir este libro a tu biblioteca particular!

¡No permitas que la cultura se extinga!

Si tienes interés en leer gratuitamente los capítulos online o comprar el libro en papel, puedes hacerlo en la dirección

viernes, 17 de mayo de 2013

JACK VUELVE XXIV

   HOLA A TODOS
   DESPUÉS UNA SEMANA DE REPOSO LITERARIO (MÁS BIEN HE ESTADO PENDIENTE DE OTRAS OCUPACIONES, LA PELA ES LA PELA), AQUÍ OSTRAIGO UN POCO MÁS DE ESTA NOVELA CORTA (QUE YA LO ES) QUE SE PROLONGA UNA SEMANA TRAS OTRA.
   LA SEMANA PASADA LO DEJAMOS EN UN INESPERADO ENCUENTRO QUE DEJA AL DESCUBIERTO LA ESTRATEGIA DE ALFRED ¿QUÉ PASARÁ? NO TE QUEDES SIN SABERLO...
   OS DEJO CON ALFRED, PERCY Y EL RESTO.
   HASTA PRONTO
 
Constance charlaba animadamente con el sargento Pileggi. La noche le había sentado bien y si veinticuatro horas antes tenía el mismo aspecto que le hubiera pasado un huracán por encima, ahora se la veía resplandeciente y fresca. Percy había perdido el interés en la declaración. Estaba aburrido de repetir una y otra vez las mismas cosas. Ya había explicado lo ocurrido de tres o cuatro maneras distintas, y al final tampoco era gran cosa lo que había que explicar, según lo veía él. Un callejón oscuro, un mendigo borracho… pero aquel policía insistía en preguntarles por qué motivo habían entrado allí, qué les había dicho aquel vagabundo maloliente con palabras exactas, como si uno se pudiera acordar, cómo era posible que la sombrilla hubiera podido ir a parar allí…
Apartó el rostro para bostezar disimuladamente y se fijó en las mesas cercanas para luchar contra el tedio que le invadía. En ese momento una especia de algazara se produjo en un despacho situado no muy lejos de donde ellos se hallaban. Dentro de las paredes acristaladas del pequeño despacho había dos hombres discutiendo acaloradamente. Uno de ellos se encontraba de espaldas a Percy, y aunque este supo explicar por qué aquel tipo le resultaba familiar. El otro, que parecía el superior porque llevaba la voz cantante, estaba tan rojo que parecía que iba a reventar en cualquier momento.
El sujeto que estaba de espaldas gesticulaba con gran vehemencia ambos gritaban y las voces se oían desde fuera del despacho, pero Percy no podía entender lo que decían. En un momento dado, el que parecía el subordinado hizo un gesto extraño, como si arrojara algo al suelo y se giró con violencia para salir por la puerta del despacho como un vendaval. Solo que no llegó a salir. Sus ojos se cruzaron con los de Percy en una singular batalla entre el asombro y la estupefacción. Una O se dibujo en la boca de aquel hombre al mismo tiempo que lo hacía en la de Percy. No podía creerlo. Alfred. ¿Qué diantre estaría haciendo allí vestido de policía?
Percy se giró solo un breve instante para rozar el codo de Constance y llamar su atención sobre tan singular circunstancia, pero ella reía despreocupada ante una observación que había hecho el sargento.
—Constance, mira esto…
—¡Un momento Percy, estoy hablando con el sargento! Ahora mismo te hago caso, no es de buena educación interrumpir las conversaciones ajenas.
—Pero Constance, no te lo vas creer…
Ella se giró, airada.
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿Qué es eso tan importante que no puede esperar a que termine de hablar con el sargento?
—No te vas a creer quién está aquí ahora mismo. ¡Y vestido de uniforme! ¡Mira!
Constance dirigió la vista hacia donde el dedo de Percy señalaba, agitado. Al momento se volvió, con expresión molesta.
—Ya he mirado. ¿Qué es eso tan extraordinario, si puede saberse? —su voz sonaba indignada, aunque trataba de contenerse.
Percy miró hacia el despacho. La puerta estaba abierta. Alfred había desparecido.

viernes, 10 de mayo de 2013

JACK VUELVE XXIII Y ¡¡DOBLE SELECCIÓN!!

   HOLA TODOS Y BUENOS VIERNES...
   ESTA SEMANA, APARTE DE NUESTRA HABITUAL CITA CON JACK, VENGO CARGADO DE BUENAS NOTICIAS.
   EN PRIMER LUGAR, AUNQUE LO PODEIS LEER DEBAJO DE ESTA ENTRADA, PUES HICE UN COMENTARIO ESPECIAL EL OTRO DÍA, ESTÁ LA SELECCIÓN DE UN CUENTO INFANTIL QUE ESCRIBÍ PARA UN LIBRO SOLIDARIO DE CUENTOS E ILUSTRACIONES CUYOS BENEFICIOS IRÁN A PARA A LA FUNDACIÓN LUIS OLIVARES, QUE TRABAJA FAVOR DE LAS FAMILIAS CON NIÑOS AFECTADO POR LA LEUCEMIA. TODO UN HONOR PARA MÍ Y UNA ALGERÍA EL PODER PARTICIPAR EN ALGO TAN ESPECIAL Y ÚNICO. CUANDO EL LIBRO SALGA (SE VENDERÁ A TRAVÉS DE AMAZON) YA OS AVISARÉ. NUNCA PIDO QUE COMPRÉIS LOS LIBROS DE LOS QUE HABLO, PERO EN ESTA OCASIÓN MERECE LA PENA. OS DEJO EL ENLACE PARA QUE PODAIS LEER ACERCA DE ESTA INICIATIVA Y DE LAS ACTIVIDADES DE LA FUNDACIÓN, SUS OBJETIVOS, ETC.
 
 
   EN SEGUNDO LUGAR, TAMBIÉN HAN SELECCIONADO OTRO RELATO MÍO PARA FORMAR PARTE DE UN LIBRO DE TEMÁTICA STEAMPUNK FANTÁSTICO. LO EDITARÁ UN COLECTIVO LLAMADO PLANES B, QUE SE DEDICAN A LA PROMOCIÓN DE AUTORES NOVELES DENTRO DEL TEMA MENCIONADO, EL STEAMPUNK. SE TRTATA EN ESTE CASO DE LIBROS QUE SE VENDEN A UN PRECIO MUY ECONÓMICO EN PAPEL Y SE PUEDEN DESCARGAR GRATIS DESDE LA PLATAFORMA BUBOK EN FORMATO PDF. TAMBIÉN OS AVISARÉ CUANDO ESTÉ LISTO. OS DEJO EL ENLACE PARA QUE PODÁIS LEER ACERCA DE TODO EL ASUNTO Y ADEMÁS SI QUERÉIS DESCARGAR LOS VOLÚMENES ANTERIORES ¡ES GRATIS!
 
 
   RESUMIENDO, ESTA SEMANA HA SIDO IRREPETIBLE, ASÍ QUE VOY A SABOREAR ESTA SENSACIÓN TODO LO QUE PUEDA, QUE LUEGO CUANDO VIENEN LOS MALOS TIEMPOS CUESTA TRABAJO NO PERDER EL NORTE.
 
   OS DEJO CON ALFRED, QUE ESTA SEMANA SE VA A LLEVAR UNA SORPRESILLA...
 
   TA PRONTO.
 
—Me cuesta creer que alguien con su perspicacia se dejase engañar con truco tan barato, Hedges. Me ha decepcionado usted, agente. Había recibido unas referencias inmejorables acerca de sus capacidades, pero ahora no lo veo tan claro.
            Ambos se hallaban en la comisaría, en el despacho del inspector Higgs. Se trataba de un pequeño cuarto acristalado con vistas a todas las mesas de la comisaría. El inspector ni siquiera se había molestado en bajar las persianas. Le estaba echando un buen rapapolvo a Alfred, y pretendía que sirviera de escarmiento y de advertencia para todos los demás. El mensaje estaba claro: «Aquí mando yo y que nadie se atreva a llevarme la contraria». Era la tarde siguiente al fiasco sufrido con el jardinero de Faith.
            La tarde siguiente a la terrible experiencia sufrida por Percy y Constance con aquel mendigo. 
            —No fue un engaño, inspector Higgs. Aquel hombre estaba sacando los restos de la poda del jardín, y la forma del saco era sospechosa. Es normal que me dejara guiar por las apariencias.
            El inspector Higgs estaba descargando la tensión que recibía por parte de sus superiores acerca de aquel caso que le traía de cabeza y que no avanzaba en ninguna dirección sobre el agente Alfred Hedges. Este aguantaba el temporal cabizbajo ante su superior. Se daba perfecta cuenta de que el inspector estaba aprovechando su desliz para ensañarse, pues estaba en contra de aquella investigación. El sargento Pileggi así se lo había confirmado.
            —No intente justificarse, Hedges. Cualquier agente del cuerpo se hubiera cerciorado antes de lanzarse a seguir una pista falsa. Ese modo de proceder es sumamente incauto y no le llevará a buen fin
            —Pero inspector, si me permite…
            —¡Por supuesto que no le permito! ¡Ni tampoco que intente justificar lo que no tiene justificación, agente! ¡No debí permitir que Pileggi me enredase con sus absurdas ideas! Esto es lo que ocurre por confiar en personas incompetentes. Lleva usted semanas ¡qué digo! ¡Meses! vigilando de cerca a esa mujer y no ha conseguido ni siquiera un mínimo avance ¿me equivoco?
            —Bueno, en realidad, he podido constatar que no hay nada sospechoso en ella. Se trata de una mujer con un fuerte carácter, pero yo no diría que en absoluto se trate de una asesina…
            El inspector se puso colorado hasta la raíz del pelo. Con solo mirarle, cualquiera hubiera jurado que estaba a punto de estallar. Literalmente, como un odre demasiado lleno.
            —Pero ¿usted se escucha? Parece un niño pequeño balbuceando tonterías. ¿Con qué parte del cuerpo piensa usted, agente? ¿Es que no se da cuenta de que babea por esa mujer? ¿Acaso le ha engatusado para desviar las sospechas de sí misma? Cualquier idiota se daría cuenta y no se dejaría atrapar en una trampa tan obvia.
            Alfred sintió que algo se había quebrado en su interior. El inspector acababa de traspasar la línea que marca el límite de lo tolerable. Una cosa era una reprimenda ante un error profesional, y él tampoco consideraba haberlo cometido, y otra muy diferente era la sarta de descalificaciones e injurias que estaba escuchando y que se iba recrudeciendo a medida que el inspector se iba calentando sin encontrar oposición. Si le permitía seguir por ese camino, antes de salir de aquel despacho estaría acabado como policía y humillado como persona hasta un punto insoportable. Era ahora o nunca.
            —Un momento, inspector. Con el debido respeto, creo que se está usted excediendo. Ni yo he cometido una falta a mi profesionalidad que justifique toda esta retahíla de acusaciones por su parte ni tampoco hay motivo para que usted levante calumnias sobre personas que no están delante para defenderse. Como buen policía que soy y como persona, le exijo que se disculpe por los insultos proferidos contra mi persona. No estamos hablando de capacidad policiaca, ya ha entrado usted en el terreno de lo personal.
            El inspector Higgs enmudeció ante la verborrea de Alfred. Solo durante unos segundos. Indignado ante aquella insubordinación descarada, dejó escapar toda su ira.
            —¡ME EXIGE!¡USTD ME EXIGE A MÍ! ¿Pero quién diantre se ha creído que es? ¡Usted no tiene autoridad ni moral ni profesional para exigirme nada, mequetrefe!¡Le abriré un expediente por insubordinación!¡Acabaré con su carrera dentro del cuerpo!
            Alfred sacó su placa del bolsillo de su chaqueta y la arrojó al suelo a los pies de Higgs.
            —No es necesario, inspector. Con personas de tan poca inteligencia como usted, estoy de sobra aquí. ¡Dimito ahora mismo! —y giró sobre sus talones dispuesto a salir de aquel despacho dando un buen portazo.
            Pero su mano se detuvo en el pomo de la puerta. Afuera, sentados frete a la mesa del sargento Pileggi, se encontraban Constance y Percy.
Percy le miraba fijamente con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

miércoles, 8 de mayo de 2013

MENSAJEROS DE OZ Y SU PROYECTO

   HOLA A TODOS
   AUNQUE HOY NO TOCA PUBLICACIÓN SEMANAL, AQUÍ ESTAMOS PARA HACER UN ANUNCIO ESPECIAL: UNO DE MIS RELATOS, UN CUENTO INFANTIL EN ESTA OCASIÓN, HA SIDO SELECCIONADO PARA FORMAR PARTE DE UN LIBRO DE CUENTOS ILUSTRADOS PARA RECAUDAR FONDOS A FAVOR DE LA FUNDACIÓN LUIS OLIVARES. ESTA FUNDACIÓN EMPLEA LOS FONDOS PARA APOYAR A LAS FAMILIAS CON NIÑOS QUE PADECEN LEUCEMIA.
   COMO PODEIS IMAGINAR, LA ALEGRÍA EN ESTE CASO HA SIDO DOBLE. POR UN LADO LA SATISFACCIÓN DE VER MI CUENTO ELEGIDO ENTRE UN MONTÓN, Y POR OTRA LA ALEGRÍA DE PODER PARTICIPAR EN UN PROYECTO DE ESTAS CARACTERÍSTICAS.
   A LA DERECHA TENÉIS UNA IMAGEN DE MENSAJEROS DE OZ. PINCHAD ENCIMA Y ALLÍ PODREIS VER TODA LA INFORMACIÓN A CERCA DEL PROYECTO MENSAJEROS DE OZ Y DE LA FUNDACIÓN LUIS OLIVARES, LAS ACTIVIDADES QUE REALIZAN, ETC.
   ECHADLE UN OJO ¡MERECE LA PENA!
   HASTA PRONTO...

viernes, 3 de mayo de 2013

JACK VUELVE XXII Y UNA CURIOSIDAD

   HOLA, ESTIMADOS LECTORES!!!
   ESTA SEMANA LAS HISTORIA DE "JACK VUELVE" SE EMPIEZA A ENMARAÑAR (PROMETO MÁS LÍO EN LAS SIGUIENTES ENTREGAS, JEJEJE), LOS PERSONAJES VAN A COMENZAR A METERSE EN CAMISA DE ONCE VARAS Y LUEGO... A VER CÓMO SALEN DEL BRETE.
   ANTES DE DEJAROS CON FAITH Y EL RESTO, QUISIERA DECIROS QUE PRÓXIMAMENTE PUBLICARÉ AQUÍ EN EL BLOG UNA RESEÑA, ALGO QUE NO HABÍA HECHO NUNCA. SE TRATA DEL COMENTARIO DE UN LIBRO, Y LO HARÉ DENTRO DE UN CONCURSO DE RESEÑAS CUYO PLAZO SE AGOTA EL 31 DE MAYO. NO OS LO PERDÁIS...
   Y AHORA, AQUÍ OS QUEDÁIS CON UN EPISOCIO MÁS DE ESTA HISTORIA QUE CADA VEZ SE ACERCA MENOS A SU FINAL...
 
Alfred Hedges había vuelto sobre sus pasos tras despedirse de sus tres nuevas “amistades”. Por delante tenía otra noche de trabajo. A eso se había dedicado las últimas semanas: a la vigilancia nocturna. Apostado entre las sombras permanecía oculto mientras su mirada escrutadora no se apartaba de la entrada del jardín de los Thornton. La verdad es que no había habido mucho movimiento en las semanas que llevaba allí vigilando. Aparte de la servidumbre que se marchaba a su casa cuando terminaban su jornada, en aquella casa no se recibían visitas pasada cierta hora de la tarde ni tampoco había advertido ningún movimiento sospechoso ni nadie que anduviera merodeando por los alrededores.
Se subió las solapas de la chaqueta para protegerse del incipiente fresco otoñal. Atrás quedaba ya el calor veraniego y a Alfred se le antojaba que cuando el frío comenzase a arreciar sus noches se harían eternas y duras. Cambió el sombrero por una gorra para pasar desapercibido de miradas inoportunas y se la caló para ocultar su rostro de los viandantes que se iban haciendo más escasos a medida que la noche avanzaba.
 Se trataba de un cometido penoso y aburrido, pero se hacía necesario si quería probar que aquella mujer tenía algo que ver con el asesinato que había tenido lugar unas calles más abajo a principios del verano. La policía había perdido completamente todas las pistas y se encontraba en un punto muerto de la investigación. Pero él era un hombre de los que no se rinden a las primeras de cambio y se le había metido entre ceja y ceja resolver aquel misterio. Con el paso de las semanas, la insistencia del inspector Higgs sobre el caso en cuestión se había diluido. A fin de cuentas, se trataba del asesinato de una simple sirvienta, y no se había repetido con el tiempo.
Pero a Alfred le parecía que había algo en todo ello que le inquietaba, como el detalle de la desaparición del corazón y el hígado de la víctima. Higgs afirmaba que probablemente se trataba de un crimen pasional. Quizás la muchacha se había liado con alguien de clase social superior a ella, o quizás con un hombre casado, y cuando él se había aburrido de ella es posible que ella  le hubiera extorsionado o amenazado de algún modo y al final todo había acabado de la peor manera. «Si es así», había aseverado Higgs, «podemos despedirnos de encontrar al asesino».  Pero Alfred seguía en sus trece, a él no le parecía nada pasional semejante carnicería. A su modo de ver, detrás de aquel crimen se hallaba una personalidad profundamente psicopática, y si estaba en lo cierto el asesino volvería a las andadas tarde o temprano. Tampoco le encontraba sentido al hecho de que Faith estuviera presente en el escenario del crimen y hubiera salido indemne de semejante trance. ¿Por qué el asesino la había dejado con vida? Es más ¿por qué ella afirmaba no recordar nada de lo acontecido esa noche?
Las circunstancias le seguían pareciendo de lo más sospechosas, y si seguía en el caso era gracias al apoyo del sargento Pileggi, que compartía sus mismas inquietudes al respecto, pero la falta de evidencias le restaba cada día más posibilidades de seguir al pie del cañón. «No podemos permitirnos tener un agente apostado ahí de por vida» le había dicho Higgs con un mal humor que evidenciaba que estaba recibiendo presiones desde arriba para archivar el caso.
Para colmo de males, después de conocer a Faith de una manera más o menos cercana, si bien tampoco habían intimado en exceso, Alfred sentía que sus sospechas perdían peso cada día un poco más. No le parecía que ella se aproximase al perfil de un asesino sangriento y despiadado. A pesar de lo innegable de su fuerte personalidad y de su indomable carácter, Faith era una joven encantadora y una dama de indiscutible categoría, por más que se empeñase en comportarse como “una más”, según su propia definición. A Alfred le costaba creerlo, pero no podía negarse a sí mismo que ella le estaba empezando a gustar. «No solo como persona», pensaba mientras se arrebujaba en su chaqueta.
En aquel momento Bastian, el jardinero, salía por la puerta de la verja. Alfred sintió cómo sus músculos se tensaban. No por la presencia de aquel hombre, al que conocía de vista, sino por lo que llevaba en las manos. El instinto de sabueso de Alfred se espabiló de repente cuando vio que Bastian empujaba un carretón sobre el que reposaba un enorme saco. El saco era alargado y abultado, del tamaño exacto de… una persona. Cuando Bastian depositó los agarraderos en el suelo para cerrar la puerta de la verja, el fardo se bamboleó ligeramente hasta el borde, a punto de caer al suelo. El jardinero se apresuró a empujarlo de nuevo al centro de la carretilla y, mirando a ambos lados de la calle, comenzó a tirar del carro en dirección opuesta al lugar donde Alfred se hallaba. «Esto no puedo perdérmelo», pensó Alfred mientras se disponía a seguir a aquel hombre con esa carga tan sospechosa.

viernes, 26 de abril de 2013

JACK VUELVE XXI

   BUENOS VIERNES
   HOY LLEGAMOS AL CAPÍTULO XXI (COMO EL SIGLO) DE NUESTRO RELATO EN CURSO, "JACK VUELVE", QUE LLEVA CAMINO DE CONVERTIRSE EN UNA PEQUEÑA NOVELA CORTA. ES POSIBLE QUE LLEGUE A ELLO, NO ESTÁ DESCARTADO.
   A FALTA DE MEJORES (Y PEORES) NOTICIAS, OS LO DEJO AQUÍ. OJALÁ OS GUSTE.
   HASTA PRONTO
 
El sargento Pileggi, encargado de la investigación del caso desde el primer momento, les permitió posponer su declaración hasta el siguiente día a tenor de la avanzada hora de la noche. Percy había acompañado a Constance a su casa. Se la veía demacrada, despeinada y sucia después de los sucesos ocurridos en el callejón. Se phabía pasado casi todo el camino hasta la comisaría llorando e hipando, incapaz de articular ni una sola palabra, agarrada del brazo de Percy. Este intentaba consolarla dándole palmaditas en la mano y sosteniéndola, pues temía que sufriera un desvanecimiento.
            Cuando llegaron a comisaria en compañía del agente que los había salvado de aquel mendigo harapiento y borracho que les había hecho pasar tan mal trago, todas las cabezas se habían vuelto. El grupo no podía haber resultado más chocante: una agente de policía, un mendigo y una pareja de jóvenes con un atuendo y un porte propios de la alta sociedad  tan sucios y malolientes como el mendigo. Constance se había vuelto hacia él con una mirada que denotaba la humillación que sentía. Se apretó contra su brazo en busca de protección frente a todos aquellos ojos que la acusaban como si de una vulgar ratera se tratase. Por suerte para ellos, el sargento Pileggi estaba de guardia esa noche. Aunque Constance no le había caído bien cuando se conocieron en casa de Faith, el joven que la acompañaba no podía ser más amable. Todo un caballero de la cabeza a los pies.
            —Está bien, teniendo en cuenta la hora que es y el lamentable aspecto que tienen, no hay ningún problema —dijo, mirando de reojo a la llorosa Constance— en que se presenten mañana para que les tome declaración. Lo único que les ruego es que lo hagan por la tarde, más bien a última hora. Esta noche acabo el turno muy tarde y tengo intención de irme a casa  dormir un poco. Puesto que soy yo quien instruye el caso, prefiero que hablen directamente conmigo. Pueden marcharse si gustan, no veremos mañana.
            —Muchas gracias, sargento —replicó Percy, tocándose el ala del sombrero en un elegante y atento gesto—. Mañana sin falta nos tendrá aquí. Le agradecemos su consideración.
            Mientras acompañaba a Constance de nuevo a casa, Percy contemplaba las estrellas, que titilaban por encima de sus cabezas sobre el firmamento estival. A medida que pasaba el tiempo le iba pareciendo mentira todo lo acontecido. No se explicaba cómo habían podido llegar a verse envueltos en semejante situación. Le costaba asimilar que había sido él mismo quien había impulsado la “aventura”, más bien como una chiquillada, como un juego con Constance. Y lo más rocambolesco era la manera en que todo había terminado, con ellos en comisaría pasando aquella vergüenza tan impropia para alguien de su clase.
            Antes de despedirse frente a la cancela de su casa, Constance se volvió. Sus ojos brillaban a la luz de los faroles que iluminaban la calle. Percy no supo decir si era a causa de las lágrimas vertidas o era otra cosa lo que destellaba en los ojos de ella.
            —Oh, querido —farfulló Constance mientras se sonaba la nariz una vez más—, lo de esta noche ha sido terrible. No sé qué hubiera ocurrido si no hubieses estado allí para… para… para protegerme. Aquel hombre tan horrendo y hediondo… no puedo ni pensar…
            —No le des más vueltas, Connie —Percy la tomó por los hombros, sin atreverse a abrazarla en medio de una calle atestada de gente—. No ha ocurrido nada gracias a Dios. Si hubieras estado tú sola con seguridad no te hubieras adentrado en aquella calleja sucia y oscura. Lamento muchísimo lo ocurrido. No debí…
            Ella no le dejó terminar. Interrumpió sus palabras posando un dedo sobre su boca. El se sorprendió ante la intimidad del gesto, pero no lo rechazó. Le agradaba el giro que tomaba la situación.
            —Luego ha estado el bochorno que he pasado en comisaría, con ese sargento. Sé que me desprecia, lo vi en sus ojos cuando fue a interrogar a Faith a su casa. Nos detesta por ser ricos. Hay muchas personas como él. Y tú me sacaste de nuevo del apuro.
            —Querida, no debes prejuzgar a las personas solo por su condición social. El sargento Pileggi hace su trabajo, no puede permitir que estas cuestiones afecten a su investigación. No creo que él odie a todos los ricos. Simplemente es un policía. Todos son un poco secos. Y respecto a mí, yo no…
            —Déjame hablar un momento Percy. Tengo que decirte algo, y si no lo hago ahora quizás me arrepienta el resto de mi vida. Yo… yo… —vaciló unos momentos, como si fuera incapaz de encontrar las palabras adecuadas— yo te quiero, Percy. No quiero separarme nunca de ti. Espero que me aceptes como tu esposa. Me esforzaré por hacerte feliz.
            —¡Oh, vaya! Se supone que…
            Pero no puedo terminar la frase. Ella se alzó de puntillas sobre sus escarpines y le besó en los labios, mientras Percy se sentía arrollado por las circunstancias por segunda vez ese día, envuelto en una situación que, sin saber cómo, se le había escapado de las manos.

viernes, 19 de abril de 2013

JACK VUELVE XX

   HOLA A TODOS:
   CONTRA VIENTO Y MAREA (SOBRE TODO VIENTO, QUÉ DÍA HEMOS TENIDO HOY) Y A PESAR DE LOS CONTÍNUOS OBSTÁCULOS Y ZANCADILLAS DEL DÍA A DÍA, AQUÍ TENEIS LA ENTREGA VIGÉSIMA DE "JACK VUELVE". HOY VAMOS A VER A QUIEN PERTENECEN AQUELLOS OJOS QUE NOS DESPIDIEERON LA PASADA SEMANA.
   UN SALUDO PARA TODOS Y HASTA PRONTO...
 
La primera imagen que cruzó el pensamiento de Constance fue la de un espantapájaros. Allí, de pie, con los sucios harapos colgando. El vagabundo se quedó de pie enfrente de ellos, como si el tiempo su hubiera detenido. Percy y Constance se encontraban demudados ante lo inesperado del encuentro. Ni fueron capaces de decir nada ni de avanzar o retroceder. Los tres quedaron inmóviles como si alguien estuviera tomando una fotografía. Fue el vagabundo quien rompió el incómodo silencio que se había apoderado de la escena.
—¡Yo lo vi!¡LO VI! —gritó presa de una súbita desesperación—. Estaba aquí, resguardado del frío nocturno, y entonces llegó y aprisionó a aquella joven y… y…
Una luz repentina se encendió dentro de la cabeza de Constance. Sin necesidad de más explicaciones, supo de qué estaba hablando aquel hombre de mirada enfebrecida y gestos desquiciados.
—Percy, por favor, vayámonos de aquí. Esto no me gusta.
—No te apartes de mí, Constance, no sabemos si…
—¡EL DEMONIO! —a medida que gesticulaba, daba más la impresión de ser una aparición en lugar de un ser humano— ¡Era el mismísimo demonio! ¡El mal se podía sentir dentro del callejón! Yo estaba aquí, no piensen que estoy mintiendo —aseveró, acercándose un poco a la pareja. Percy se interpuso entre él y Constance y ambos comenzaron a recular poco a poco. El mendigo pareció darse cuenta y se les echó prácticamente encima, agitando un objeto delante de sus narices —La policía se dejó esto en el suelo—. Constance gritó de forma instintiva y Percy hizo ademán de protegerla con su cuerpo, pues obviamente no iba armado.
—¡Apártate! —al ver el objeto, sin embargo, un cierto interés se despertó en él—. Un momento ¿qué es eso?
El aspecto de lo que el mendigo tenía en la mano era el de un simple trapo sucio. Aquel hombre apestaba a sudor, orines y alcohol, pero Percy no pudo evitar acercarse un poco para examinar el trapo. Curiosamente, estaba rematado con un fino encaje y parecía tener algo bordado, unas letras, quizás.
—Percy, te lo ruego… —Constance tiraba de la manga de Percy, a punto de echarse a llorar. Se tapaba la nariz con la mano libre para eludir el olor hediondo que despedía aquel hombre. No podía soportar ni un minuto más. Tenía que salir de allí.
Cuando Percy cayó en la cuenta de que lo que sostenía aquel andrajoso en la mano era un pañuelo, su temor desapareció de repente.
—¿De dónde has sacado eso?
El hombre vaciló unos instantes, como si estuviera haciendo memoria y no acertara a recordar de qué estaban hablando. Luego la luz volvió a sus ojos, que se enfocaron primero en el pañuelo, luego en Constance y, finalmente, en Percy.
—Era de una de las jóvenes —afirmó, con rotundidad—. La que no murió.
Percy se vio asaltado por una terrible duda en ese momento, pero no tuvo tiempo de expresarla en voz alta. El mendigo se había puesto a rebuscar en la caja que hacía las veces de dormitorio y sacó otro objeto. Esta vez lo mismo Constance que él sintieron cómo la sangre se le helaba en las venas.
—Tampoco vieron esto —dijo, enarbolando el enorme cuchillo en el aire con exagerados aspavientos—. Los policías se vuelven descuidados cuando las víctimas son gente corriente.
—¡No te acerques! ¡Atrás! —ahora Percy casi empujaba a Constance hacia la salida del callejón, retrocediendo sin mirar atrás. Entonces tropezó y se cayó, quedando sentado en medio de la mugre que cubría el suelo. Constance no pudo más y empezó a gritar, desesperada.
—¡Socorro! ¿Qué alguien nos ayude, por favor!¡SOCORRO!
El mendigo se iba acercando a ellos cuchillo en mano, mientras Constance intentaba ayudar a Percy a ponerse en pie. El sonido de un silbato rompió la pesadilla y una voz atronadora exclamó detrás de ellos:
—¡Policía! ¿Qué está ocurriendo aquí?

viernes, 12 de abril de 2013

JACK VUELVE XIX ¡¡DOBLE RACIÓN!!

   HOLA A TODOS
   ESTA SEMANA HA VUELTO JACK... Y DE QUÉ MANERA. CUANDO TODO PARECÍA ESTAR EN CALMA, LA TEMPESTAD VUELVE A ARREMETER CONTRA LOS PROTAGONISTAS DE NUESTRA HISTORIA, QUE NO SALEN EN UNA Y YA ESTÁN METIDOS EN LA SIGUIENTE.
   ESTA SEMANA HE PUESTO RACIÓN DOBLE, PARA SATISFACER A AQUELLOS QUE SE QUEJAN DE QUE ES POCO LO QUE CUELGO SEMANALMENTE.
   QUE LO DISFRUTÉIS. HASTA PRONTO.
 
El otoño empezaba a avisar de su inminente llegada enviando una fresca brisa que amenazaba las hojas de los árboles. Tras el sofoco del verano, la gente agradecía este respiro y aprovechaba para pasear por los parques y por las calles cuando la tarde comenzaba a declinar. Entre ellos se encontraban dos parejas de jóvenes sonrientes. Nada de especial, Faith y Constance, junto con Percy y el agente Alfred Hedges, que ya se había hecho habitual en su compañía.
            El sol estaba a punto de esconderse tras el horizonte cuando los cuatro llegaron a la altura de la puerta de la mansión de Faith. A Constance se la veía resplandeciente colgada del brazo de Percy con una mano mientras con la otra sujetaba un delicado parasol con un borde de encaje. Por fin, tras mucho perseguirlo, había logrado su objetivo: que Percy le pidiera salir con él de una manera oficial. «Todo es cuestión de trabajo y tesón», le había confesado entre risas a Faith una tarde mientras sorbían una limonada a la sombra de la enredadera que cubría un cenador en el jardín de Sir Richard. A Faith le había parecido muy divertido el hecho de que Constance se hubiera planteado su relación con Percy como un “trabajo”, tal y como ella lo definía.
            —Pero ¿tú le amas de verdad? —inquirió Faith al tiempo que se abanicaba para espantar las moscas que también buscaban el refugio de la cubierta vegetal para escapar de la canícula.
            —Verás, Faith, querida. Cuando una mujer llega a cierta edad, y que conste que esto te atañe igualmente a ti, debe plantearse el futuro de una manera más seria. No podemos esperar vivir en el hogar paterno por siempre. Y creo que Percy es un partido excelente. Es guapo, simpático y no es amigo del alcohol ni de los juegos de cartas. El amor es simplemente una emoción para cuando somos unas jovencillas despreocupadas. Ahora toca preocuparse por el mañana.
            Faith pareció indignarse ante el pragmatismo de su amiga.
            —En absoluto estoy de acuerdo contigo. Por supuesto que podemos aspirar a ser felices, a la edad que sea. Nadie nos lo puede impedir.
—A pesar de la posición de mi familia, Faith, mi padre no es un aristócrata. Depende de la marcha de sus negocios para asegurar el sustento de su familia.
—¿Qué se supone que pretendes decir? —Faith arrugó el entrecejo, sosteniendo el vaso a medio camino entre la mesa y los labios, como si se hubiera detenido el tiempo.
—Nada, querida, nada. No te enfades. Solo estaba hablando de Percy ¿recuerdas? Es tan guapo…
Y así siguieron toda la tarde, urdiendo planes para hacer que el ratón quedara atrapado en la ratonera. Justo lo que había ocurrido durante el verano.
Delante de la verja que iniciaba el camino hasta la puerta de la casa Thorton, Constance y Percy se despidieron de los otros.
—Se nos ha hecho un poco tarde —aseveró Percy mirando hacia el sol poniente—. He de acompañar a Constance hasta su casa. No es prudente que una dama vaya sola por las calles a estas horas. Además de peligroso, no estaría de acuerdo con las más elementales reglas del decoro.
Faith y Alfred sonrieron al pensar en los innumerables peligros que podían asaltar a una dama en las concurridas calles de Londres, sobre todo teniendo en cuenta que la distancia entre la casa de Constance y la de Faith se podía cubrir a pie en menos de veinte minutos. Ambos cruzaron una mirada de complicidad, y Alfred se apresuró a excusarse.
—Muy bien, como Faith ya está en casa, yo me retiro. Mañana hay que madrugar para trabajar —con una inclinación de cabeza y una elevación de sombrero, emprendió su camino calle arriba, justo en dirección contraria a la que debían tomar Constance y Percy.
—Mañana te espero a la hora del té —dijo Faith besando la mejilla de Constance—. Tienes que ayudarme a terminar el tapiz que estoy bordando.
—No faltaré —Faith le apretó la mano, agradecida por aquel rato de intimidad que le habían puesto en bandeja—. A la hora del té —y se despidió de su amiga con un gesto de la mano.
Ella y Percy caminaban lentamente por la acera, en un intento por alargar el tiempo que podían estar a solas mientras llegaban a casa de ella. Al cruzar por delante de una calle, una repentina ráfaga de  aire se llevó la sombrilla de Constance hacia el interior del callejón.
—¡Oh, vaya! ¡No me ha dado tiempo a sujetarla1 —exclamó Constance, consternada.
—Tranquila. Yo iré por ella —se ofreció Percy amablemente, mientras hacía ademán de internarse en el callejón. Un callejón estrecho y oscuro, del que emanaba un desagradable olor a basura en descomposición y a orines humanos.
Y entonces Constance lo reconoció. Un escalofrío la sacudió de la cabeza a los pies. El aire escapó de sus pulmones, negándose a entrar de nuevo.
—¡NO! ¡No entres ahí! —gritó cuando hubo recuperado la respiración.
Percy se volvió, extrañado. La sombrilla se hallaba en el suelo, a apenas veinte metros de distancia. Aquel lugar apestaba, pero la reacción de Constance le pareció excesiva.
—¿Qué ocurre? —intentó deshacerse de la mano de Constance, que se negaba a soltarle y tiraba de él hacia atrás—. Solo voy a recoger el parasol y vuelvo. No tardo ni diez segundos.
—Es… es… —Constance no acertaba a decirlo—. ¡Fue ahí! ¡Fue ahí donde ocurrió! ¡El asesinato! ¡Donde Fatih halló el cadáver destrozada de aquella chica!
Percy se detuvo por un instante, mirando hacia la oscuridad que iba apoderándose del sucio callejón. Por un momento el terror irracional que reflejaban los ojos de Constance afectó a su ánimo, pero unos instantes después la racionalidad se impuso.
—Venga, Constance, solo se trata de una calleja llena de basura. A pesar de lo que ocurrió, estamos prácticamente a la vista de todo el mundo. Aparte de ratas y suciedad, no hay nada más ahí.
—Por favor, Percy, deja la sombrilla. No quiero que entres ahí.
Él pareció empeñarse más cuanto más se resistía ella.
—Suéltame, Constance, en la mitad del tiempo que llevamos aquí dudando, ya habría estado de vuelta. Voy a recoger tu parasol y lo voy a traer de vuelta, querida, así que tranquilízate y déjame ir.
—Por favor… —una lágrima escapó de los ojos de Constance, mientras Percy se deshacía de su agarre suave pero firmemente—. Yo… yo… iré contigo —él enarcó una ceja, asombrado—. Eso es. Iremos los dos.
Casi tirando de ella, Percy se introdujo decidido en la umbría del callejón. A Constance se le erizó el vello del cogote. El aire parecía detenido allí, en la semipenumbra. Le parecía mentira que unos segundos antes una ventolera le hubiera arrancado la sombrilla de las manos. La atmósfera se hizo densa, irrespirable. El fétido olor que provenía de los montones de basura apilados sin orden hacía difícil la tarea de respirar. Al fondo del callejón, un montón de cajas apiladas contra la pared. La calleja no tenía salida. Constance se resistió aún más, entorpeciendo la marcha de Percy.
—¡Oh, venga, Connie! ¡Así no acabaremos nunca! —se quejó él.
Fue entonces cuando lo oyeron. Algo se movía entre las cajas tiradas en el fondo de la calle. Algo mucho más grande que una rata.
—¿Has oído eso? —logró balbucir Constance—. Hay… hay algo ahí.
Percy también lo había oído, pero les faltaban apenas unos pasos para llegar al lugar donde se hallaba la sombrilla. No podía permitir que su hombría y su orgullo quedaran en entredicho, y menos delante de la que se suponía iba a ser su esposa en el futuro. Tiró un poco más del brazo de ella y siguieron adelante. Cuando ya estaban casi al lado de la sombrilla, esta se elevó, como impelida por un soplo de vida y fue a parar al lado del montón de cajas. Constance emitió un quejido lastimero y suplicó una vez más.
—¡Percy, por favor, escúchame! ¡No me hagas suplicarte una vez más! Esto no me gusta… ¡Vámonos de aquí!
—No insistas más Constance. Te estás comportando como una chiquilla. ¡Basta ya de gimoteos!
Así, uno tirando hacia delante y el otro hacia atrás, llegaron hasta la sombrilla y la pequeña montaña de cajas. Percy se agachó y tomó el parasol, examinándolo a la escasa luz.
—Aquí está. Por fortuna, no se ha ensuciado prácticamente nada. ¿Ves? No hay motivo para tanto alborot…
Entonces, con gran estruendo, una de las cajas se dio la vuelta y dejó al descubierto una figura humana. Unos oscuros y penetrantes ojos quedaron fijos en los dos asombrados y aterrorizados jóvenes.